IV DE ADVIENTO: ¡ACOJO LA VIDA Y AL DIOS DE LA VIDA…!

Con este cuarto domingo concluye hoy este tiempo de Adviento que hemos celebrado juntos. Hemos vivido tres semanas entre la noche de nuestro mundo y sus problemas y los sueños que, de la mano de algunos testigos, nos invitaban a la esperanza. Hoy, la liturgia del día nos presenta de nuevo a María, en quien se cumplen las esperanzas de salvación. Dios sale a nuestro encuentro, como un sol de amanecer, y María sale de su casa porque también ella espera y nos invita  a esperar. Todo nos anuncia la llegada de Jesús y nuestra vida se ilumina.

Muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible.

Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible.

La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!